Archive for February, 2008

The Times

Obituario aparecido en el diario británico The Times, 18 de febrero 2008:

Colin White, English language and literature academic, was born on January 23, 1932. He died on December 6, 2007, aged 75

Colin White was a leading academic at the National Autonomous University of Mexico (UNAM) for over 40 years.

Born in 1932, he grew up in the suburbs of London, and after national service he read English at Queen’s College, Cambridge, making friends with the poet Ted Hughes.

In 1956 White left Britain for a series of jobs in Canada, eventually arriving in Mexico, where he began giving English lessons at the Anglo Mexican Cultural Institute, a large not-for-profit foundation.

He went on to secure a post in UNAM’s department of English language and literature in the faculty of philosophy and letters and by the late 1970s had been promoted to joint head of department. There he played a major role in the development of English language and literature curricula and radically increased the number of postgraduate students.

Passionate about education for all, White became a mainstay and champion of the university’s fledgeling open university. From 1992 to 1998 he served as head of the professional studies division at UNAM, and in 1997 he was awarded the university’s national prize for humanities teaching.

Throughout his career White made a point of teaching at all levels. His death triggered an outpouring of blogs by students past and present (eg, colinwhitemullerinmemoriam.wordpress.com/los-blogs-recuerdan/). These bloggers are representative of the generations of Mexican students for whom White was an inspiration — someone who, despite a language barrier, imbued them with a true love of English literature, especially poetry.

White was something of a polymath, read voraciously and was deeply interested in history and social welfare. In his spare time he pursued a love of sailing and a fascination with boat-building, constructing three sea-going sailing boats. He is survived by his wife, Liz, their son and daughter.

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Carta Póstuma a Colin White

Publicado en este blog con autorización explícita de la Dra Luz Aurora Pimentel. Apareció originalmente en el periódico Metate de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Luz Aurora Pimentel y Colin White, 1969

Carta póstuma a Colin White

Good night sweet prince,
And flights of angels sing thee to thy rest
(Shakespeare)

Look homeward, Angel, now, and melt with ruth
(Milton)

Finales de septiembre de 1962. Alfonso Caso 129. Instituto Anglo-Mexicano, A. C.: la Mecca de mi obsesión. Bertha Collins me había dicho que si quería perfeccionar mi inglés debía ir al Anglo. Y así llegué, salida del Queen Mary School, tímida y monjil, con mi uniforme de cuadritos azules, lleno de holanes y alforcitas, y, para acabarla, con escudo de estambre coronado en el sweater azul marino. No tenía más que 16 años, y había estado enfundada durante tanto tiempo en el mismo uniforme que tal vez había perdido la conciencia de su ridiculez.

Allí estaban todos los habitantes del empíreo: Walter Plumb, el director; Mr. Downes del Consejo Británico, que en aquella época convivía armoniosa y domésticamente con el Instituto; Edward Faukes, quien años después fundó el Edron; Ethel Brinton, quien también me había dado clases en el Queen Mary; Nick Shepard, Alan Stark, la propia Bertha Collins y tú. Los miraba asombrada: a todos los tendría algún día como maestros; acabaría hablando un inglés perfecto (¡ilusa!, como si se pudiera llegar a la perfección en el lenguaje, cualquiera, ninguno). No creo que te acordaras de mí en ese entonces—en el nebuloso empíreo de ese entonces—porque nunca me habrías dejado en paz con mi delantal de cuadritos y mi escudo coronado; te habrías burlado y me lo habrías recordado siempre, a lo largo de los años. Así que debe haber sido hacia 1964 o 1965, ya estando yo en la Facultad, cuando fui tu alumna en el Anglo. Lo cierto es que preparé contigo y con Alan Stark los últimos exámenes de Cambridge, el “Proficiency” y el “Diploma” (que hoy ya ni siquiera existe).

Me gusta recordarte de la manera que más miedo me dabas (debo ser masoquista): con los pies sobre el escritorio, la silla peligrosamente inclinada hacia atrás, los ojos cerrados, la pipa colgando de la comisura de los labios, Eras una figura hierática, cuyo rostro de carne cincelada por la experiencia se me presentaba como un jeroglífico indescifrable. Nos pedías leer en voz alta el ensayo que habías dejado de tarea. Yo leía, por no decir, tartamudeaba, mi ensayo, convencida de que te habías quedado dormido de la pura aburrición. Pero no, al final, tras un lacónico “not bad”, abrías los ojos para desmontar palabra por palabra las inconsistencias de mi texto; quedaban ahí, sobre la superficie del escritorio, apiladas e inservibles, todas aquellas palabras que me habían parecido tan profundas, tan llenas de significación y que no eran—según tu juicio lapidario—más que nonesense. Al correr de los años, aprendí a ponderar mejor la palabra, a apreciarla, a no ponerla una tras otra mecánicamente, sin pensar. Sí, me ensañaste a pensar, como sólo otra luminaria en mi vida lo hizo muchos años después, en Harvard: Dorrit Cohn, de rigor teutónico y generosidad universal. Pero tú fuiste el primer ser que conocí que sabía de todo, que leía de todo, que se acordaba de todo, ¡qué portento! Alguien escribió hace poco que te especializabas en la poesía del Barroco y del Renacimiento inglés. No estoy de acuerdo; ciertamente no fue esa mi experiencia; nunca te especializaste porque todo lo que tocaba tu mente lo iluminaba, no sólo los isabelinos y los poetas metafísicos, sino literalmente todos: Lawrence, Woolf, Auden, Yeats, T.S. Eliot, George Eliot, Dickens, los poetas románticos… Tantos otros. Las tesis que escribí sobre Lawrence y sobre Yeats más tarde, en Inglaterra, tienen su origen en tu entusiasmo por estos autores, en tu pasión por la lectura y por la apreciación que hacías de todos estos textos. Cierto que mis trabajos en nada se te parecen, pero bueno, como diría Auden “The words of a dead man / Are modified in the guts of the living”.

Con los años, y tras innumerables ensayos, fallidos unos, otros no tanto, logré un “not too bad” y hasta me sentí orgullosa. Tan entusiasmada estaba con tus clases—entusiasmo sazonado, claro está, con el miedo a los sarcasmos y a cometer un error garrafal—que comencé a insistirle a Margarita Quijano que tú deberías dar clases en la Facultad. Tanto molesté e insistí que Margarita, quien también te conocía del Anglo, estuvo de acuerdo e hizo todos los arreglos, peticiones, trámites y pleitos del caso. Y lo logró. Para 1967 ya estabas en la Facultad dando clases en el Departamento de Letras Inglesas; para entonces yo ya había terminado la licenciatura e, irónicamente, después de tanto “enchinchar”, no tomé clases contigo en la Facultad; mi memoria académica está anclada en la Mecca original: Antonio Caso 129.

Inmediatamente te convertiste en el imán de la carrera; ejerciste siempre una enorme fascinación sobre todos nosotros y compartías no sólo tus conocimientos sino tu vida social. En aquel entonces el punto de reunión era el Cucú, una cantina en la esquina de Coahuila e Insurgentes, o las fiestas en tu casa o en casa de algunos de nosotros, que de estudiantes habíamos pasado a convertirnos en amigos.

Cuando el British Council me dio una beca para ir a estudiar a Inglaterra, organicé una despedida magna en mi casa. En medio del estruendo de la música y el brincoteo del baile, vino Lucha muy mortificada a decirme que mi padrastro y tú estaban a punto de agarrarse a golpes en el parque de enfrente. ¡Y todo por una discusión sobre si era mejor la cerveza inglesa o la mexicana! Conociendo lo peleonero que era mi padrastro, me quise morir de la vergüenza. Pero tú minimizaste el pleito porque dijiste que tenías algo especial que pedirme: que fuera a ver a tu madre, con un regalo que le mandabas. “Hija” por aquí, “hija” por allá… Fue quizá el tiempo de mayor cercanía; una especie de idilio, claro, con el acento circunflejo de la ironía y del sarcasmo, pero igual, idilio, perfectamente retratado en una foto que tengo contigo el día de mi examen profesional en 1969.

Estando en Inglaterra fui a ver a tu madre; cumplí con el encargo y te hice el reporte correspondiente. Pero no te dije lo que ella me dijo porque sabía que lo minimizarías: “nonsense!”, dirías, y yo no estaba como para minimizar el recuerdo. Tu madre me contó, y lo repitió con insistencia y con orgullo, que tus maestros en Cambridge habían dicho que eras un “intellectual genius” y, según ella, debiste haber seguido por ese camino. No mucho tiempo después murió; yo aún estaba en Inglaterra y lo sentí muchísimo; era una conexión diferente contigo, algo así como abordarte desde otra dimensión que, con su muerte, quedó cancelada. Años más tarde, un día, bailando en una fiesta… Sí, no te rías ni lo niegues: bailando tú y yo, no sé por qué azares de la vida, seguro estaríamos muy borrachos los dos. En todo caso, bailando, me dijiste conmovido que me agradecías el que hubiera ido a ver a tu madre hasta Surrey para llevarle tu regalo. No sé por qué te significó y te conmovió tanto eso; quizá por la cercanía en el tiempo entre aquella expedición mía y su muerte.

En los años setenta—si no mal me acuerdo, pudo haber sido antes—te dio por construir un barco de concreto en un terreno baldío de la calle de Magdalena, ¡en plena colonia del Valle! El escepticismo era generalizado: ¡de concreto! ¿flotaría? Alguien te preguntó que si tenías alguna experiencia o conocimiento para semejante empresa y simplemente dijiste que no, pero que sabías leer. Con eso tenías: saber leer. Las palabras de tu madre resonaron en mi memoria con especial énfasis: “intellectual genius”: sí, sabías leer y eso bastaba. ¡Como si eso fuera suficiente para el común de los mortales! Y, en efecto, con libro, y aun libros, en mano, día tras día, mes tras mes, construiste un velero que luego te llevaste a Tuxpan, cruzando antes la selva urbana con aquella embarcación a cuestas: una imagen surreal, como sacada de una película de Herzog. No sólo eso; hiciste todos los estudios, exámenes y trámites para convertirte en “El Capitán White”. Proeza astillera que repetiste otras dos veces a lo largo de los años, como si construir barcos hubiera sido tu especialidad.

Our Sidney and our perfect man…

Teacher, scholar, sailor, he,
And all he did done perfectly
As though he had but that one trade alone.

En los años 70 también, a la mitad de la década, trabajaste intensamente en el diseño del plan de estudios de lo que habría de convertirse en el Colegio de Letras Modernas. Hasta ese momento cada una de las carreras de letras en lenguas extranjeras constituía un Departamento independiente; el nuevo diseño las unificaba y proponía criterios que fueran los mismos para todas. Muchos trabajamos contigo en equipo con gran entusiasmo, pero a la larga el “pastel” era demasiado grande y elaborado como para caber en el estrecho “platón” institucional y administrativo con el que contábamos. Hubo bastante frustración y cansancio tratando de adecuarnos al “platón”. Fue entonces que nos peleamos a muerte: pasé de ser “hija” a ser “hija de la chingada” y no lo soporté. Te dije, muy digna según yo, que si otros se dejaban tratar así, yo no, y que no quería volver a saber nada de ti. Por años nos cruzamos en los pasillos mostrándonos el perfil del desdén. ¡Qué locura! Lo peor de todo es que ni siquiera puedo acordarme exactamente por qué nos peleamos—de hecho, tú tampoco—algo tenía que ver con el tal plan de estudios y los exámenes profesionales colectivos que implementamos en aquel entonces. ¡Tantos años, tanto resentimiento, y ni siquiera poder acordarnos por qué!

De lo que sí me acuerdo es de la reconciliación. Un día nos invitaron a los dos a participar en una mesa redonda sobre Virginia Woolf. Al final me dijiste, a quemarropa, “Leí tu ensayo sobre la descripción y no estoy de acuerdo. ¿Por qué no debatimos en público sobre ese tema?” Sabía que el gesto era conciliador (aunque en la superficie parezca lo contrario) y acepté con gusto, porque también sabía que un debate contigo me obligaría a pensar con más rigor, como siempre. Y así fue; de ese debate surgió lo que acabaría siendo el cuarto capítulo de mi libro sobre el espacio, lo cual, desde luego no quiere decir que estuvieras de acuerdo con mis modelos teóricos, ni con éste ni con ninguno—siempre los satirizaste—pero, de todos modos, aunque nunca hubieras estado de acuerdo, una vez más, después de tantos años, me obligaste a pensar con más rigor. Fue este debate el final del pleito y el regreso al idilio irónico, aunque de mi parte mucho más cauteloso; a partir de entonces siempre guardé una cierta distancia, quizá por miedo a otro desencuentro. Volvieron las reuniones, esta vez en la Tasca Manolo y en las casas de los amigos. Con los años, sin embargo, se fueron aquellas magnas borracheras; tu salud cada vez más precaria ya no te lo permitía.

En una fiesta en mi casa, tuviste una conversación muy estimulante con mi hijo: conocías a su historiador favorito, Ian Kershaw, y se la pasaron un buen rato comentando sus libros, que te los fue trayendo, uno por uno, como ofrenda. Como siempre, todo lo sabías, todo lo habías leído y te acordabas de todo. Esa fiesta fue sólo una de las celebraciones que compartiste conmigo con motivo de mi emeritazgo. En una de ellas, en el Aula Magna de la Facultad, hubo un momento en que literalmente te instalaste en un diálogo de rememoraciones conmigo, olvidando a toda la gente que estaba ahí, como si estuviéramos solos tú yo: que por mí habías llegado a la Facultad, que yo había ido a ver a tu madre… Fue como si, abolido el intervalo de los años y los desencuentros, estuviéramos bailando otra vez…

Y bueno, Colin, finalmente ¿qué es todo esto? Nada. No son efemérides, ni una nota biográfica—como tan bien lo hizo Antonio Saborit en su momento—tampoco es un recuento pormenorizado, con testimonios vivos, de lo que fue tu vida, o de lo que hiciste por nosotros. Nada. Sólo la huella de tu paso por mi vida. ¿A quién le importa finalmente más que a mí? Y entonces, ¿para qué todo esto? ¿Para una niña, un poco tímida, un poco monjil, con un escudo de estambre coronado? ¿Para un ser que aprendió a vivir de la palabra por ti?

*****

6 de diciembre de 2007: en el umbral de los brindis y las comidas de fin de año, del Christmas pudding que esta vez no se encenderá.

6 de diciembre de 2007: un boquete abierto por la ausencia definitiva que nos convocó a todos, estudiantes y amigos, estudiantes-amigos, colegas, trabajadores, imantados por esa ausencia imposible, en el borde del abismo de la muerte. Estábamos ahí todos, desde los sesenteros y setenteros canosos hasta los muchachitos de este semestre. Junto a tu féretro se apilaron los poemas que todos sabíamos que te gustaban. Te los fuimos leyendo y dejando como ofrenda. Luego, al día siguiente, cuando ya había menos gente, un muchachito estuvo en un rincón, durante mucho tiempo, escribiendo. Al rato lo vi leyéndote lo que te había escrito. Una huella más. ¡Tantas!, aunque cada uno sintamos la forma de esa huella como única.

En espera de la llegada de tu hijo que venía de Inglaterra, la velación se alargó demasiado, tanto que la pobre Lucha casi sucumbió bajo el peso de la espera, de la ausencia y del dolor intolerable. El año que entra, me dijo, habrían cumplido 50 años de estar juntos. La noche anterior a la cremación pusieron dos fotografías: una—tan tú—dando clase, con la proverbial pipa en la comisura de los labios—claro que ya no con los pies en el escritorio ni con los ojos cerrados; esa imagen sólo existe en mi recuerdo. La otra fotografía era una hermosa toma de tu último “barco de vela”—me niego a llamarlo “yate”, porque uno de ellos se llamó, apropiadamente, “Disdain”, como embarcación isabelina, como expresión de tu sarcasmo juguetón. Pero en los últimos tiempos ya ni siquiera podías irte a navegar solo por lo precario de tu salud, por la vitalidad tan disminuida.
La muerte no es más que un despojo progresivo.

Cuando finalmente, el día 8, llegaste en cenizas, en una urna redonda, Lucha te tomó entre las manos, como a un hijo, te apretó sobre el vientre y te acarició con una ternura tal que todo tu proverbial sarcasmo habría quedado mudo ante la dulzura de esas manos, de ese dolor inconmensurable.

Durante mucho tiempo dijiste que querías regresar a tu “tierra”. Y bien, así es, regresarás como siempre quisiste; llegarás por fin a tu tierra y no me queda sino rogar a los ángeles de la piedad que te acompañen, que pongan su mirada en ese último destino: tu tierra, “homeward”. Uno hubiera pensado que, después de tantos años, ésta, la tierra de las jacarandas y los tabachines; tierra de magueyes, nopales y polvareda, era ya tu tierra. Pero no, siempre añoraste la otra, la que te vio nacer, húmeda y verde, tierra a la que volverás en cenizas. Es a ella, la de los crocuses azules y los dadffodils en primavera, a la que habría que hacer esta última plegaria:

    Earth, receive an honoured guest,
    Colin White is laid to rest.


Luz Aurora Pimentel
Universidad Nacional Autónoma de México

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